Viejas noticias como si fueran nuevas

Parece que algunos no se acaban de enterar qué significa la globalización, más allá de que tengamos una cultura cuasi-homogénea mundializada y de que consumamos casi lo mismo en todo el mundo, eso los ciudadanos que pueden consumir.

Parece que algunos no terminan de enterarse qué significa “externalizar” y “maquilar”, y no solo como conceptos, sino como modelo económico, como parte de un proceso de empobrecimiento de las mayorías y de enriquecimiento de las minorías y a veces, como generadores de una nueva esclavitud laboral. O sea que, poca gente entiende qué es lo que implica en realidad los Tratados de Libre Comercio y se ha creído que es una oportunidad para que sus países puedan exportar sus productos al exterior.

Y es por eso que un domingo en la mañana, uno abre el periódico más importante de España -dicen que el más en lengua española- y se queda perplejo con titulares en primera página que no son noticia como el que pone Adiós a la industria española. Entonces reitero mi preocupación por el periodismo actual que continúa camino hacia el abismo, ya no solo porque no ha estado a la altura investigativa, analítica y crítica que le exige nuestro tiempo y en cambio, se ha convertido en poco más que en transcriptor de notas y de ruedas de prensa, sino porque parece una periodismo que no se entera cuáles son sus reglas y escribe sobre viejas realidades como si fueran noticias nuevas. Se me viene a la memoria la canción de El Cantante, Periódico de ayer

Quizá sea gracias a los medios masivos (irónicamente llamados de comunicación) que la gente sigue imaginando que la globalización significa básicamente, acceso a Internet, interactuar en redes sociales y en chats a través de teléfonos móviles o vivir la información en tiempo real en los cinco continentes y poco más.

Por eso, tal vez, hay tanta gente que piensa que todos sus males son culpa de los chinos que bajan la calidad de los productos, acaban con las industrias de su países y con el empleo. Cuando en realidad la población china es un actor vulnerable en este modelo económico neoliberal (y neoconservador) propio de la globalización. La estrategia de los grandes capitales se aprovecha, -dicen los expertos en cultura china-, de su pensamiento confucionista y taoísta y de que, la mayoría de su población ha mantenido una condición económica precaria, para convertir a su gente en mano de obra barata e incluso, esclavizada. NO fueron los chinos los que se inventaron cerrar las fábricas en el mal llamado mundo desarrollo para implantarlas en terceros países donde las convenciones laborales eran débiles, ni los que indujeron las reforma a las constituciones políticas de nuestros países para legalizar la apertura económica y romper las convenciones laborales, el sistema de prestaciones y demás. Eso lo inventaron las naciones poderosas y se regula a través de organismos como el FMI, el BM, la OMC, al servicio de los grandes capitales transnacionales, que no tienen una nacionalidad particular y que, como es obvio, son los únicos que sacan partido de la externalización, de la maquila, de los TLC, de la expansión del mercado, etc.

Que en los países de Latinoamérica se importe el maíz de EEUU o el arroz del Asia es ejemplo del absurdo modelo de la globalización económica transnacional. O que en Colombia estén vendiendo café importado del Perú o del Ecuador y ya casi ni se cultive algodón parece increíble. Pero así es el espíritu de los TLC, dizque se compra en donde sea más barato, sea transgénico, de menor calidad o con trabajo explotado, etc. Es parte de un modelo que contribuye a que se pierdan las semillas originarias o a que los campesinos sufran pérdidas económicas y hasta hambre, además de la expropiación violenta de sus tierras. Y a que las cebollas, el arroz, las naranjas, el pollo, la ropa, casi todo sea más barato en España que en Colombia. Y si no lo creen, que compraren los precios, que algunos ya lo hemos hecho.

Cuando aparecieron los desplazados en las ciudades, pocos colombianos manifestaron solidaridad con ellos, al contrario, ha calado aquella sospecha de “por algo será”. Ahora se han metido con los cafeteros y parece que nos hemos dado cuenta de cómo los efectos de la globalización económica eran para todos, que se reducen al empobrecimiento de las mayorías y al enriquecimiento de unos pocos.

Desde los ochentas, países como Colombia vienen perdiendo la poca industria propia que tenía como la textil, derivada de la alta producción de algodón; la del cuero; la de comestibles como de harinas, chocolate o grasas; la de materiales para la construcción, como formaletas de cemento; y de ensamblaje como la industria automotriz. Tampoco es un secreto que hemos perdido muchos derechos laborales y que si queremos conseguir contratos, tenemos que afiliarnos nosotros mismos a los fondos de salud y de pensiones.  Por si fuera poco, que la economía actual basada en la minería no genera empleo y en cambio contamina no solo el agua sino la vida política, social y cultural.

Mientras tanto, en Europa y EEUU durante varias décadas los ciudadanos gozaron de la bonanza económica producida gracias a la externalización, la maquila en terceros países y a la inversión extranjera inyectada a través del sector financiero que se dirigió a negocios como el de la construcción y los servicios; y no se enteraron del empobrecimiento simultáneo que este modelo estaba dejando en territorios lejanos, aunque tampoco se percataron de la crisis que traería unos años después a sus países.

Los ciudadanos de los países desarrollados experimentaron la ilusión de estar blindados contra la pobreza, el desempleo, la falta de garantías laborales, la privatización de los sistemas de educación, de salud y en general, contra la precariedad de la vida social. Y practicaron un principio de vida que se puede resumir en el eslogan ”mientras a mí no me pase nada malo, no me importa lo malo que le pase a los demás”. Y ahora que el modelo los está cercando, algunos se indignaron. Eso sí sigue cultivando el orgullo de sus marcas y de que de sus países son originarios algunos de los hombres y mujeres más ricos del mundo.

Pero lo que en realidad me preocupa no es que la gente no se entere lo qué significa la globalización, ni que le echen la culpa a los chinos de sus precarias economías, ni que aún crean que quienes criticamos la aplicación a rajatabla del modelo, seamos llamados resentidos, cuando no terroristas. Lo que en realidad me preocupa es que un domingo de marzo del 2013, en la primera página del periódico más prestigioso de lengua española, se publique sin vergüenza alguna, viejas noticias como si fueran nuevas.